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El Peyote y las nuevas religiones mistéricas americanas
V
La
espiritualidad del peyote (Cont.)
Esta ambigua ubicación legal en la
actualidad genera situaciones de auténtica anomalía sociocultural. Así
por ejemplo, hace poco tiempo (6) fue detenido un hombre anciano
encargado, desde hace años, de recolectar el peyote para abastecer de
enteógeno a una de las grandes comunidades de la iglesia. Este anciano
fue detenido por ello y no pudo alegar pruebas de tener el veinticinco
por ciento de sangre india que exige la Ley. A pesar de que fue liberado
al poco tiempo, se le había acusado de traficante de drogas. Este tipo
de eventos suceden a la vez que es el propio Estado de Texas - allí
donde crece el peyote, en los valles del Río Grande y del Río Bravo- el
organismo que regula la venta de este cactus enteógeno.
En referencia a todo ello y después de
una segunda batalla legal, cabe mencionar que en el año 1979, un juzgado
federal de Nueva York, dictaminó que el uso sacramental y religioso del
peyote no puede restringirse tan solo a la población con una cuarta
parte de ascendencia indígena, ya que ello contraviene las leyes de
libertad religiosa. Como consecuencia, se creó una nueva iglesia
consumidora de peyote denominada Peyote Way Church of God,
Iglesia de Dios del Camino de Peyote, en Arizona, abierta a todos los
seguidores sin hacer distinción de razas o culturas (MOUNT, 1987).
En general, la población anglosajona
norteamericana tolera relativamente bien esta iglesia nativa mistérica
en el seno de su sociedad protestante y estatal, aunque para inducirse
los estados de trance extático consuman peyote. Podía parecer que se
trata de una contradicción dada la rígida y dogmática política
estadounidense respecto de narcóticos y estupefacientes, pero entre la
población blanca de esta nación, los anglos, existe una dolorosa
conciencia de culpabilidad respecto de las sociedades indias, hecho que
se traduce en una indulgencia actual respecto de sus costumbres, incluso
en una exótica y folclórica admiración hacia la romántica "pureza
espiritual de los indígenas". Por otro lado, los blancos no ven relación
entre estas iglesias, basadas en las milenarias tradiciones indígenas, y
la subcultura hippy de los años 1960, con su destacado consumo de
substancias visionarias y su actitud contestataria hacia el régimen
social establecido.
Por otro lado también, cuando en 1918
los líderes indígenas fundaron la Iglesia Nativa Americana, no mostraron
recelo alguno en adscribirse como grupos de carácter cristiano, a pesar
de que en el proceso de obliteración que acabó en el sincretismo que hoy
conocemos solo se tomaron ciertas formas ceremoniales y simbólicas
cristianas y, en cambio, se mantuvo el consumo del enteógeno y su efecto
catártico como centro absoluto del rito. En este sentido, la Iglesia
Nativa Americana es tan poco ceremoniosa y jerárquica que incluso ni
existe una organización central que fije las creencias y liturgias de la
doctrina, con lo que cada grupo local o cada tendencia étnica crea y
fija sus propias maneras de consumir el peyote y la estructura
ceremonial que arropa la catarsis religiosa buscada.
En cierta forma, la Iglesia Nativa
Americana ha adquirido las distintas formas que hoy se observan en sus
ceremonias, símbolos y doctrinas en relación con la orden misionera
cristiana que se encargó de evangelizar cada grupo étnico. Con lo cual,
esta iglesia del peyote está más relacionada con el protestantismo que
con el catolicismo, a pesar de la ausencia de comunión en las ramas
protestantes. En la actualidad se observa una aproximación insistente
entre el cristianismo carismático y los colectivos del peyote. Por otro
lado, la nueva Peyote Way Church of God, abierta a todo el mundo
y no solo a descendientes directos de indios, también centra sus
prácticas espirituales en el consumo del cactus extático pero carece
totalmente de doctrina religiosa. No obstante, esta iglesia está cada
día más aceptada en el mundo anglosajón gracias a la ligera apertura
política y a las nuevas espiritualidades humanistas que dan por válido
el consumo de enteógenos y la búsqueda de la experiencia individual de
lo numinoso - y todo ello no está lejos de la denominada New Age,
Nueva Era. También influye que diversos personajes de algún peso público
participan en sus ceremonias.
Finalmente, existe un aspecto reciente
de gran interés para el estudio antropológico de la evolución de las
iglesias peyoteras. Se están presentando diversos problemas que afectan
la finalidad última de esta religión extática - no sus aspectos legales.
Tal dilema se refiere a la gran cantidad de seguidores que van teniendo
las iglesias del peyote, lo cual tal vez acabe obligando a buscar otras
formas y fuentes de espiritualidad: el cactus es consumido por un
importante grupo de etnias indígenas que forman la Iglesia Nativa
Americana y por un creciente número de sujetos no indígenas que
constituyen la nueva Peyote Way Church of God, especialmente
extendida por Arizona: en total suman entre trescientas y quinientas mil
personas. El crecimiento del número de seguidores no es fulgurante pero,
sin duda, es más rápido que el propio crecimiento del cactus visionario,
cuyo desarrollo es lento y solo se da en una limitada área geográfica,
al sur de Texas.
La forma económica que adquiere la
distribución del peyote es por medio de pequeños negocios familiares (en
la actualidad, 1000 botones de peyote cuestan alrededor de 100
dólares norteamericanos) por lo que la oferta es limitada, y además se
corre el peligro de extinción del cactus silvestre. A causa de esta
situación se han iniciado aproximaciones entre los seguidores de estas
iglesias y científicos botánicos con miras al cultivo artificial del
cactus por un lado, y para aprender a recoger los botones sin
dañar la raíz de la cactácea y permitirle así reproducirse con más
rapidez. Ya se ha iniciado un intento de plantación de este vegetal
embriagante, pero la lentitud en el desarrollo del cactus no alcanza a
satisfacer las necesidades del culto.
Así, según un peyotero profesional, en
el año 1945 y en su rancho al sur de Texas caminaba sobre un colchón de
cactus; en el 1972 todavía se podían recolectar 19000 botones en
8 horas y entre 6 personas. Tres años después, el mismo grupo sólo pudo
recolectar de 200 a 300 cactus en la misma área.
Si se tiene en cuenta que la
recolección y venta anual de botones de peyote está sobre los 3’5
a 5 millones, según el propio Estado de Texas, y que hay medio millón de
seguidores, calculando generosamente esta cifra, se deduce que a cada
practicante le tocan entre siete y diez botones o pedazos anuales
de cactus, lo cual es una ración insignificante si se tiene presente que
para la realización de cada rito se precisa consumir entre ocho y veinte
fragmentos de cactus, y que los miembros de las iglesias peyoteras
realizan sus ceremonias varias veces al año. La conclusión aritmética es
que no hay suficiente peyote para despertar la experiencia espiritual
extática en todos los miembros de la iglesia. De ello se debe inferir
que la mayoría de seguidores consume una ligera infusión del cactus,
prácticamente sin poder psicoactivo, y que sólo una minoría consigue la
cantidad suficiente de enteógeno para inducirse el profundo éxtasis
buscado. De aquí que es probable que las iglesias del peyote estén
recorriendo un camino similar al que siguió el cristianismo al sustituir
lentamente el enteógeno sagrado original (ver sobre ello la obra de J.
Allegro) por un placebo inactivo, pero manteniendo la estructura
ceremonial que se espera que actúe por medio de la eficacia de lo
simbólico.
Por otro lado, se trata de un tipo de
espiritualidad que por su proximidad a los valores indígenas de carácter
ecológico referidos a la protección e identificación con la naturaleza,
por el valor que otorga a la experiencia personal profunda y no a los
actos de fe dogmática, incluso por su exotismo, encaja perfectamente con
el ansia de búsqueda espiritual de algunas minorías europeas. De aquí
que su expansión por el Viejo Mundo sea cada vez más probable, a pesar
de que estoy hablando - por supuesto- de iglesias minoritarias, como
siempre que se trata de la búsqueda de una espiritualidad comprometida.
Todo ello, pues, viene a constituirse
en una dificultad creciente para mantener los principios espirituales de
las iglesias del peyote, ya que dependen del abastecimiento del cactus
sagrado.

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