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El Peyote y las nuevas religiones mistéricas americanas
III
La
espiritualidad del peyote
La Iglesia Nativa Norteamericana,
Native American Church, cuenta en la actualidad con un número de
seguidores que oscila entre trescientos y quinientos mil que habitan
principalmente en los EE.UU. y, en segundo lugar, al oeste de Canadá.
Los miembros de esta iglesia residentes en Sudamérica o en Europa suman
una cifra insignificante.
La búsqueda de lo numinoso y de una
catarsis religiosa, meta de sus formas de espiritualidad, se centra en
el consumo ceremonial del cactus peyote <Lophophora diffusa,
L. williamsii>, ingestión que se realiza arropada por ritos
ancestrales y de largada duración - habitualmente más de 7 horas- cuya
finalidad es dar un sentido consensuado al efecto visionario del cactus.
El principio activo desde el punto de vista farmacológico es la
mescalina.
Para entender a fondo el sentido y los
mecanismos internos de la Iglesia Nativa Norteamericana hay que comenzar
por ampliar alguna información sobre el cactus embriagante y sobre la
ceremonia actual, mucho más corta que la realizada por los indígenas
norte y mesoamericanos cuyas celebraciones peyoteras se alargan durante
tres a cinco días.
El peyote crece en grandes cantidades
al norte de México y al sudoeste de los EE.UU., en los desiertos
calcáreos y en los valles de los ríos que surcan la geografía local. A
pesar de su tamaño relativamente pequeño, entre 10 y 12 cm de diámetro y
3 a 6 cm de altura, este cactus crece muy lentamente: una sola planta
llega a necesitar hasta 15 años para alcanzar su estado de maduración
plena (OTT, 1996). De cada cactus se ingiere tan solo la corona
superior, lo que popularmente se denomina el "botón de peyote" o "botón
de mescal", y el efecto posterior podría resumirse diciendo que induce
una experiencia dialógica de carácter muy visionario y luminoso que es
vivida como un contacto o revelación proveniente del ser íntimo de cada
uno, con el sí mismo en expresión psicológica, aunque lo más
general es proyectarlo hacia personajes o seres vividos como externos al
propio sujeto embriagado: este mismo hecho fue puesto de relieve a lo
largo de los siglos XII a XIV por diversos místicos cristianos que
propugnaban la existencia de Dios en sí mismos, "Dios soy yo mismo", por
lo que eran sistemáticamente excomulgados o, aun peor, condenados por la
Inquisición a raíz de sus "visiones demoníacas". Bajo el efecto del
peyote se experimenta una explosión visionaria que sume al sujeto en un
profundo estado modificado de consciencia cuya atmósfera interior
predominante es la emocional.
En 1560 fue el franciscano fray
Bernardino de Sahagún el primer blanco que describió el efecto de este
cactus y el uso sagrado que le daban los indígenas. Este conocido
misionero de la época colonial lo detalló de esta forma:
Ay otra yerva
que se llama peiotl... hazese hazia la parte del norte: los que la comen
o beben ven visiones espantosas o de risas, dura este emborrachamiento
dos o tres días y después se quita. Es como un manjar de los chichimecas
que los mantiene y da ánimo para pelear y no tener miedo, ni sed ni
hambre y dicen que los guarda de todo peligro. (SAHAGÚN, 1982; se trata
de los materiales recopilados en náhuatl por el autor en 1569).
El denominativo de este cactus en
lengua náhuatl (3) era peiotl o péyotl, palabra que
probablemente significaba "cosa peluda" ya que, a la vez, se indicaría
un espécimen preciso de oruga velluda y este cactus que está coronado
por mechones de pelos sedosos alrededor de la flor, en el botón (LA
BARRE, 1980). Existen numerosas pruebas arqueológicas de que los Aztecas
que vivían en el valle de México - donde hoy se levanta la populosa
capital de este país- y también otros grupos indígenas que habitaban más
al norte, ya veneraban el cactus del peyote como fuente de inspiración y
revelación divinas, y lo consumían en sus ceremonias religiosas. R.G.
Wasson ha sugerido que la categoría péyotl es el origen
etimológico de la palabra mexicana piule, utilizada en la
actualidad para referirse a los enteógenos y a la embriaguez visionaria
en general (citado por OTT, 1996:77, y propuesto ya en 1919 por B.P.
Reko. No obstante, EVANS SCHULTES y HOFMANN, 1982:76, indican que por
piule se conoce en México los frijoles rojos y blancos de varias
especies de Rhynchosia que quizá fueron consumidos en la
antigüedad como alucinógenos).
En este ámbito es de mencionar la
importancia de los trabajos arqueológicos realizados en la Huasteca
(México), a lo largo de más de ocho años de excavaciones, por parte de
la pareja Joaquín y Nicole Muñoz, antropólogos, historiadores y
arqueólogos. Gracias a su laborioso esfuerzo se ha podido reconocer un
enorme complejo diferenciado de escritura glífica que hasta hoy había
sido considerado simplemente como figuras decorativas. Este complejo
cultural prehistórico de amplio desarrollo local - se expandió por un
territorio del tamaño de la Península Ibérica- , se asocia de forma
predominante y casi exclusiva a restos de cultura material en los que el
elemento central y más significativo está relacionado con la muerte y la
ingestión de substancias psicoactivas (4) .
La historia conocida sigue en el año
1521 cuando los castellanos, bajo el mando de Hernán Cortés, derrotaron
el imperio Mexica o Azteca y culminaron la conquista de lo que hoy es
México. Entre otras consecuencias inmediatas para los indígenas, tal
victoria implicó la imposición del Catolicismo y la eliminación oficial
de las religiones aborígenes, con lo que la única salida que quedó a los
mexicas y otros pueblos autóctonos para mantener sus intensas creencias
y prácticas chamánico-religiosas fue la apostasía. Hoy se sabe que a
pesar del violento proceso de aculturación y adoctrinamiento católico,
en diversos lugares los mexicanos siguieron practicando el consumo de
diferentes enteógenos, no solo peyote, bajo formas simbólicas
cristianas. Tal uso de hongos embriagantes les mantenía en contacto con
la experiencia catártica, centro de sus valores religiosos, sociales,
morales y estéticos, y ello puede dar una indicación del enorme valor
que tenía - y tiene- la experiencia enteógena para los indígenas
mesoamericanos. No es preciso mencionar la ya famosa investigación de
R.G. Wasson que culminó con el redescubrimiento de tales prácticas,
todavía vivas a mitad del siglo XX cuando se creían desaparecidas desde
siglos antes (WASSON, 1983).
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