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El Peyote y  las nuevas religiones mistéricas americanas II

Laboratorio de espiritualidades (Cont.)

A partir de estas tres grandes formas de espiritualidad (cristianismo, religiones afro y tradiciones chamánicas amerindias) más la supervivencia de las doctrinas esotéricas europeas y las aportaciones del mundo oriental que iniciaron su entrada masiva en la América en los años 1960, se han originado un sinnúmero de grupos, sectas y religiones cuya búsqueda se orienta hacia la experiencia de lo numinoso, entendido aquí como la influencia de un objeto o presencia invisible que induce estados modificados de la consciencia, sensiblemente verificables.

 

La importancia universal de este campo de cultivo de nuevas espiritualidades que es América hoy se debe a que ahí se digieren y aprovechan aportaciones de todas la grandes y pequeñas culturas previas. Las poblaciones americanas no están lastradas por la pesada cadena que representan las antiguas y rígidas tradiciones litúrgicas, a las iglesias duramente jerarquizadas y, en definitiva, a las mentalidades conservadoras. Las nuevas espiritualidades americanas disfrutan de la capacidad de transformarse tan a menudo como se crea necesario, de la libertad para experimentar formas nuevas sin dogmatismos de antiguas religiones - lo cual no implica que estén libres de ellos- , a menudo decadentes y que consiguen mantenerse gracias al apoyo de las instituciones políticas o por medio de estrategias de marketing que no tienen mucha relación con la búsqueda de valores espirituales trascendentes o de un camino hacia la experiencia de plenitud extática, sea ésta entendida como una unión con la divinidad, con la esencia de la Pachamama, la Madre Tierra, o como una catarsis autoremunerativa.

 

Durante milenios, la religiosidad de las sociedades indígenas americanas - tanto en el continente meridional como en el septentrional- han entendido el consumo de enteógenos como la forma sagrada de comunión con su ideación de divinidad, fuera ésta teísta, animista o atea. Sólo para recordar alguna de las plantas o pócimas visionarias más conocidas y usadas en contextos religiosos americanos indígenas, cabe mencionar el consumo mexicano de teonanácatl, hongos psilocíbicos cuya ebriedad es buscada por diversas etnias de Mesoamérica como los mazatecas, pueblo al que pertenecía la famosa chamán María Sabina a quien Occidente debe, en parte, el conocimiento sobre la vigencia del uso de enteógenos en el mundo indígena actual. Es famoso también el uso pan-amazónico chamánico y no chamánico en más de 70 grupos étnicos de la mixtura enteógena de ayahuasca o yagé - analizado en detalle en alguna de mis obras anteriores: FERICGLA, 1994; 1997. Cabe citar también el uso de rapés inhalados que contienen elevadas cantidades de triptaminas embriagantes en la zona del Caribe y de la Amazonía (OTT, 1996). No está menos extendida en todo Sur y Centroamérica la tradición de beber el potentísimo jugo de las Brugmansia, popularmente conocidas como "floripondio" o "hierba del diablo", cuya embriaguez puede durar tres o cuatro días. También ocupa un lugar importante el uso adivinatorio y en diversos rituales de curación de las semillas de Dondiego de día que sintetizan alcaloides ergolínicos. No se puede olvidar el péyotl, o cactus del peyote, tan conocido por ser el enteógeno con que los huicholes - entre otras etnias- realizan su comunión sagrada; en la actualidad, este pequeño cactus es también el sacramento consumido por los cerca de 500.000 miembros de la Native American Church y de la Peyote Way Church of God extendida por los EE.UU. y Canadá, y de la que hablo extensamente más adelante. Finalmente, hay que citar el difundido uso del gran cactus san Pedro - dueño de las llaves del cielo, en la tradición cristiana- por toda la cordillera andina; y tampoco se puede olvidar el tabaco silvestre, considerado por el eminente antropólogo Johannes Wilbert como el alucinógeno americano por excelencia ya que fue - y es- consumido por grupos indígenas de todas las latitudes continentales (WILBERT, 1987). Podríamos recoger más de dos cientos especimenes vegetales enteógenos utilizados en la América indígena (OTT 1996; EVANS SCHULTES y HOFAMNN, 1982), pero como ilustración de los psicótropos más famosos es suficiente.

 

Así pues, voy a centrarme en analizar las dos iglesias sincrético-religiosas de orientación mistérica más importantes surgidas a partir del contacto entre el cristianismo y las religiosidades autóctonas americanas. La principal característica de los movimientos sincréticos a los que me voy a referir reside en su búsqueda de estados extáticos de carácter religioso por medio del consumo de enteógenos. Tales ceremonias se celebran de acuerdo a tradiciones aborígenes chamánicas de origen inmemorial y a nuevas incorporaciones rituales y simbólicas del siglo XX: hoy, las pócimas o vegetales visionarios se consumen dentro de marcos altamente ritualizados y de simbología predominantemente cristiana. Me refiero a la Native American Church, Iglesia Nativa Norteamericana, y a sus diversas ramificaciones, cuya comunión sacra se realiza con el pequeño cactus embriagante del peyote; y a los seguidores del denominado Santo Daime, divididos en diversas iglesias - de las que hablo más adelante- y cuya forma de embriaguez sagrada se busca por medio del consumo del famoso enteógeno pan-amazónico de la ayahuasca. Para simplificar la exposición hablaré de las iglesias del peyote y de las de la ayahuasca: La gran importancia de ambas iglesias reside en dos de sus características esenciales:

  1. sus prácticas mistéricas están muy cercanas al cristianismo originario, en el que también se consumían embriagantes sagrados como medio para autoinducirse experiencias extáticas de búsqueda de lo numinoso (ALLEGRO, 1985; WASSON, HOFMANN y RUCK 1980; y WASSON, KRAMRISCH, OTT, y RUCK, 1996). Insisto: el consumo de una bebida embriagante, el vino, como centro mistérico de la ceremonia central cristiana católica es una supervivencia de ello.
  2. la poca o casi nula relación formal con los poderes políticos, a excepción de los trámites necesarios para legalizar la existencia institucional de tales iglesias. Esta relativa marginalidad les permite moverse de acuerdo a intereses que ellos entienden de carácter más espiritual que social. En este sentido, puede afirmarse que no se trata de movimientos de resistencia étnica ni política, aunque sí configuran fuertes referentes de identidad para los miembros que están en ellas.

También existen otros grupos religiosos americanos actuales que consumen substancias cuyos efectos embriagantes y visionarios constituyen una importante fuente de revelaciones - como por ejemplo los ya mencionados rastafaris jamaicanos que consideran a la Cannabis como su planta sagrada, y la consumen de diversas formas- , pero estos grupos los dejaré fuera de mi exposición por tratarse de movimientos muy minoritarios. 

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